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EL SUEÑO

Los trastornos del sueño en la infancia son tan comunes que la mayoría de niños los padece durante algún momento de su desarrollo, si bien cuando aparecen suelen alarmar a los padres.
La realidad es que los niños sufren de insomnio igual que los adultos. Y que, en la mayoría de los casos, esta dificultad para dormir se debe a hábitos adquiridos desde la infancia. Según los especialistas, el trastorno más frecuente del sueño entre niños es el insomnio por costumbres incorrectas, que afecta desde a lactantes hasta a niños de 5 ó 6 años.
Son niños que -según sus padres- a los que "les cuesta coger el sueño", que nunca han dormido bien y que se despiertan a menudo. A veces, estos problemas surgen a raíz de una enfermedad, o de un cambio drástico en las costumbres familiares, o debido a la presencia en casa de abuelos u otros parientes. A muchos niños les cuesta conciliar el sueño si permanecen solos en su habitación. Requieren la presencia de un adulto y se despiertan por la noche para comprobar si continúan acompañados. Exigen, sin duda más protección de la debida. Y de la aconsejable. Las consultas de psicólogos y psiquiatras están llenas de adultos sobreprotegidos por sus (normalmente) madres en la infancia y adolescencia. Que, ya en plena madurez biológica, presentan serios problemas: una baja autoestima, depresiones, incapacidad para la toma de decisiones importantes, crisis de identidad, descontrol de la afectividad, problemas de personalidad, ...
Algunos padres planifican estrategias muy elaboradas para conseguir que los niños duerman como es debido. Pero es frecuente que fracasen y desistan de su empeño. Esta negativa del niño a dormir puede durar una temporada, lo que sería admisible. Pero si persiste en su actitud puede originar un problema en la estructura de su sueño: si no duerme las horas necesarias, se puede convertir en una persona muy irritable y pueden manifestarse trastornos en su conducta.
Esta tensión altera, además, la dinámica familiar y agota a los padres. Conviene saber que, una vez instaurado este trastorno en el niño, el único método efectivo es la reeducación de hábitos con técnicas conductuales. Por ello, hay que evitar las conductas que distorsionan las circunstancias en las que se debe conciliar el sueño. No son pocos los niños que prefieren ceder al sueño frente al televisor, ni los que exigen que se les cante antes de dormir, o que se les narren cuentos uno detrás de otro. También los hay que piden agua varias veces, o que exigen dormir con los padres metidos en su cama, con luz, o con música... Si son hechos aislados, no tienen trascendencia. Pero cuando se repiten día tras día hay que preocuparse un poco.

Problemas más comunes del sueño.

Bruxismo:

A algunos padres les preocupa el "chirriar de dientes", o bruxismo, de los niños durante el sueño. Se produce por una contractura excesiva de los músculos maxilares. No altera el sueño ni tiene trascendencia aunque si la contractura es fuerte puede provocar alteraciones de las piezas dentarias, lo que aconsejaría el uso de una prótesis de protección nocturna para los dientes. El bruxismo es habitual en los niños con malformaciones maxilofaciales con mala oclusión dentaria.

Somniloquia:

La somniloquia, o emisión de sonidos verbales durante el sueño (frases muy cortas, a veces ininteligibles, acompañadas en ocasiones de gritos o risas,) no tiene importancia. Se produce preferentemente en niños de entre 3 y 6 años. Aunque pueda alarmar a los padres más susceptibles, pueden estar tranquilos. No hay motivo para despertar al niño, ni para estar encima de él.

Síndrome de Apnea Obstructiva del Sueño (SAOS):

El Síndrome de Apnea Obstructiva del Sueño (SAOS) no es exclusivo de los adultos. Lo habitual, entre los pequeños, es que se produzca en niños de dos a siete años. Si bien antes de la pubertad afecta por igual a chicos que a chicas, después de esta época los varones se ven más afectados. Los niños que roncan por la noche lo hacen con un ronquido frecuente, intenso y casi continuo. El de los adultos es más fuerte y alterna con momentos de silencio. Además, los niños presentan periodos prolongados de apnea, ausencia de respiración, dificultad de respiración y respiración bucal. Y durante el día acusan una somnolencia excesiva. Y, a veces, problemas de comportamiento, acompañados de dolor de cabeza. En los casos severos y en los niños de más corta edad, el ronquido puede provocar retrasos en la madurez. El origen del ronquido es, normalmente, una reducción del calibre de las vías aéreas superiores por hipertrofia de las amígdalas, adenoides, pólipos nasales, rinitis alérgica, y otras afecciones que dificultan la penetración del aire. También puede ocurrir un SAOS transitorio en niños con infecciones de vías aéreas superiores, pero aparece con la infección y desaparece junto a ella. Si un niño presenta ronquido continuo, sobresaltos nocturnos o dificultad respiratoria, conviene llevarlo al pediatra. Diagnosticado el SAOS y visto su origen, el tratamiento es efectivo en la mayoría de las ocasiones.

Las pesadillas:

Son escenas que generan una carga emocional negativa, de forma especial en el último tercio del sueño, durante la denominada fase REM, una etapa más cercana al sueño poco profundo, razón por la que los sueños se recuerdan con más facilidad.
Debido al contenido angustioso que caracteriza una pesadilla, es normal que aparezcan síntomas asociados como transpiración, respiración agitada, llanto e, incluso, gritos. Una situación que puede alarmar a los padres, pero que no deja de ser un episodio pasajero que no supone ningún problema. Los pequeños se despiertan con facilidad y recuerdan las escenas que han causado los síntomas de angustia. Si son capaces de describir lo que han soñado y lo que les ha provocado miedo, querrá decir que el sueño no era muy profundo. Es entonces cuando puede afirmarse que se trata de una pesadilla y no de un terror nocturno.

Los terrores nocturnos:

Son más comunes en edades preescolares y, al contrario de lo que sucede con las pesadillas, no son sueños que se puedan recordar. Por tanto, no se viven escenas angustiantes que el menor tema y pueda describir. Los terrores nocturnos se producen en las primeras fases del sueño y estarían provocados por una dificultad en la transición de etapas de sueño profundo a etapas de sueño más superficial. Por esta razón, el niño no podrá reconocer escenas ni recordar el motivo que le ha llevado a sufrir tal trastorno. Es más, durante el terror nocturno los niños siguen dormidos, aunque mantengan los ojos abiertos y griten o sollocen mientras se levantan o corren por la casa. Los padres suelen alarmarse con facilidad ante esta situación, más aún cuando observan que su hijo no es consciente de lo que ocurre y no reacciona a sus intentos de calmarlo. Ante situaciones como esta es importante no despertar al menor de manera súbita, sino esperar a que finalice el episodio para acompañarlo a la cama de forma pausada. Hay ser conscientes de que en los terrores nocturnos no se han determinado unas causas claras que los justifiquen, como el carácter, la personalidad del niño, o el entorno, a diferencia de lo que sucede con las pesadillas.

Prevención de los problemas del sueño:

Las medidas para prevenir cualquier trastorno del sueño durante la infancia precisan del seguimiento de unas pautas familiares estables. Para ello, es importante crear una situación lo más tranquila posible previa al sueño para que los niveles de activación sean más bajos. A los niños les gusta lo previsible porque les aporta seguridad y estabilidad. Por tanto, se deberán cumplir unos horarios pautados.

Los padres y madres deben acordar una hora adecuada para irse a dormir y no se admitirán discusiones ni negociaciones que generen alteraciones innecesarias. Sólo con cumplir unos días consecutivos el horario establecido el pequeño ya no rechistará y se encontrará a gusto. Además, es importante crear una rutina previa y estable antes de meterse en la cama con el fin de evitar estímulos que causen en el menor un exceso de actividad, como juegos movidos, discusiones o películas violentas. Es muy importante que los padres traten de rebajar 15 ó 20 minutos antes de que el pequeño se acueste su nivel de activación a través de la rutina instaurada. Despedirse dando las buenas noches a los demás, elegir un juguete o muñeco para pasar la noche, bajar la luz de la habitación o pasar cinco minutos a su lado en la cama hablando de forma relajada son pautas sencillas y generales que fomentan la tranquilidad y favorecen un mejor descanso durante toda la noche.